28/3/16

Untitled

¿Por dónde empezar cuando hay mucho que decir? Cuando las palabras, las ideas, los sentimientos y las emociones quieren brotar pero son muchos a la vez que se tropiezan unos con otros y al chocar provocan una colisión tan potente que te paraliza.
Y sin darme cuenta ya llevo un par de líneas, que por sí solas dicen mucho, y expresan sin detalle gran parte de lo que acongoja a mi irónicamente, pobre corazón. A partir de este punto ya todo es más fácil, digamos más fácil por decir espontáneo. Le he dado un rumbo a las palabras, un camino que seguir.

Ojala fuera así de fácil darle un sentido a la vida real.

Por más dolor que sienta en el pecho, por más presión que las emociones hagan en mi interior y quieran explotar, salir, mostrarse y crear el caos que pretenden, la mejor solución y la sabia es callar, es guardar, reprimir. No llorar.  Después de todo, por más que diga todo lo que quiero decir o reaccione de la forma en la que mi alma me pide para liberarse, no se solucionará nada. Absolutamente nada.  Poco a poco he comenzado a afrontar los problemas de otra manera, al encontrarme bajo la presión de no poder liberar nada, he conseguido calmarme a los pocos (¿pocos?) minutos.  Por más que duela el alma, por más difícil que sea ponerme de pie o resistir a la inminente crisis nerviosa, el mundo seguirá girando, nada se detendrá por mí, ni por ti, ni por nosotras. Todo sigue su curso allá afuera, las personas siguen caminando, siguen luchando, siguen muriendo, siguen solucionando sus problemas o sucumbiendo ante ellos, incluso tú sigues tu camino. Los árboles siguen creciendo, las horas siguen avanzando, las guerras sucediendo y las injusticias siguen existiendo. Entonces, ¿para qué? A quién le importa saber lo que está pasando, cuán deprimida estoy, cuán rota, cuán herida física y emocionalmente. A quién le importa cuántos hematomas nuevos tendré mañana, o cuántas cicatrices. Es por esto que siempre recurro aquí, porque nadie recuerda que este sitio existe, nadie que me conozca sabrá qué sucede. Cuán patética soy, cuán básica, cuán insuficiente, cuán estúpida, cuán imbécil. Oh, estoy usando palabras que no son mías. El dolor puede ser más fuerte a cada segundo o puede empezar a disminuir, pero ¿a quién le importa? ¡Una gran sonrisa y de vuelta al escenario! Seguiré siendo despreciable, seguiré siendo un error, seguiré siendo lo peor que le pudo pasar a muchas personas. Seguiré siendo la misma criatura problemática que no se cansa de hacer daño una y otra vez. Soy ese tipo de persona que si se marcha, tiene el camino despejado para andar, nadie detendrá la partida, nadie le tomará el brazo para pedirle que se quede un minuto más, nadie rogará a su Dios por tenerla en su vida para siempre.  Soy ese tipo de persona que no es la compañera de vida de nadie, soy ese tipo de personas inútiles, que roban oxígeno a almas que de verdad lo necesitan. Todos necesitan un ancla, un pequeño algo que te haga quedarte, un incentivo, alguien por quien luchar. Pero ¿qué hacer cuando esa ancla se corta, dejándote a la deriva en un inmenso océano? Siempre pienso que la muerte en la mejor solución, pero el peor karma de un alma suicida, es una consciencia cobarde. En total conocimiento de que en vidas anteriores (al menos en una que recuerdo casi a la perfección), esta alma de la que soy portadora, cometió suicidio, me pregunto ¿Cuánto más tengo que esperar?






No pienses en mí sin ti. Piénsate a ti en mi lugar.