Puedo viajar, puedo retroceder
unas horas en el tiempo gracias a ti, porque de entre todas las virtudes que me
entregas, está esa de vivir nuestros recuerdos una y otra vez, con la misma
intensidad en las emociones de cada momento. Tenerte es un regalo; y si hace un
par de días atrás me retorcía de dolor al sentir que te perdía, hoy puedo decir
que tan solo intercambiar una palabra contigo es tocar un pedacito de cielo.
Pero el recuerdo, el viaje 24 horas exactas atrás, nuestras almas reconectándose,
entrelazándose, danzando, siendo una. Esta vez la sensación punzante en nuestro
interior no era dolor por separarnos sino un dolor de los buenos, como cuando
lo sientes por algo que te gusta, que no debería ser etiquetado con esa misma
palabra, sino una que abarque en todo su esplendor el placer y el gusto que da
sentirlo, nuestra burbuja tomando su grosor habitual, nuestra piel
cosquilleando al rozar y encontrarse, nuestros latidos al mismo compás: armoniosa
melodía celestial, nuestros labios al tocarse e intercambiar el amor, aquellos
labios que a veces nos lastiman y nos hieren, la pasada noche no hicieron más
que tropezar uno con el otro para expresar amor y una que otra sonrisa
juguetona y cómplice de lo que estaba sucediendo. Tienes mi cuerpo, tienes mi
alma, tienes cada uno de mis sentidos solo para ti. Uno a uno caen rendidos a
tus pies, te pertenecen y se juntan con los tuyos para conectarnos y reforzar
nuestros lazos: El gusto, el sabor de cada parte de ti al recorrer con mis
labios cada rincón de tu piel, el sabor de tus labios entre nuestros besos
guiados por la pasión y el riesgo. El olfato, el suave aroma de tu piel,
inconfundible, incomparable, imposible de arrancar de mí, gracias a los ángeles
por ser imposible de quitarlo de mí, dulce, perfecto; tu esencia especial,
aquella que cuando no estoy contigo siento de repente de la nada, sin razón aparente
pero que me hace suspirar profundamente y desear tenerte entre mis brazos. El oído,
escuchar tus susurros, diciendo cuánto me amas, que jamás me dejarás, que
agradeces cada segundo por tomar tu decisión de intentarlo nuevamente, tus
suplicas, tus promesas, nuestros pactos eternos; la suave melodía de tu voz, tu
y yo sabemos en qué momento, un canto divino que inunda de sensaciones mi
cuerpo y eriza mi piel tan solo de recordarlo. La vista, que a través de la
oscuridad logra adaptarse a ella para verte, para ver tus ojos brillando de ilusión,
tu sonrisa expresando esa chispeante felicidad, ojos que ven las infinitas
estrellas del universo al que me llevas, bendita vista que me permite crear un
recuerdo vívido de ti al memorizar cada rincón de tu cuerpo, cada parte de ti,
cada marca, cada lunar, cada poro de tu piel y benditos son mis ojos al
cerrarse, privarme del sentido pero permitirme jugar con el recuerdo y
recorrerte sabiendo exactamente donde estoy. Finalmente, quizás el más
importante y también el más especia: el tacto, sublime acto que permite apagar
todos los sentidos para intensificar la sensación, todo aquello que por la
vista no se puede registrar, las manos lo pueden palpar y recorrer
profundamente, la suavidad de tu piel pasando a la gustosa impresión erizándose
al sentir mis manos sobre ella. Tacto que nos da placer, tacto que nos lleva a
la cima del goce, tacto que nos une y nos fortalece.
Doy gracias, infinitos
agradecimientos a las fuerzas del universo, a las energías que nos rodean y que
conspiran a nuestro favor para reencontrarnos, para guiarnos a regresar al nido
que hemos construido, te agradezco por permitirme mirar el cielo contigo una
vez más, por poder ver tus ojos brillando al ver los míos, irradiando
felicidad. Te agradezco por permitirme volver a ver mi reflejo en los tuyos,
que siempre es innegablemente mejor que mirarme en un espejo, en ellos me veo
tal como soy sin el halo de la vanidad, en ellos puedo sentirme hermosa,
completa. Te doy gracias por permitirme volver a tus brazos, enredarme en tu
abrazo, acurrucarme en ti porque puedo sentir que cada dolor vale la pena si
puedo volver a refugiarme en ellos. Te doy gracias por dejarme tener tu sonrisa,
esa sonrisa sincera que si supiera dibujar la plasmaría en un lienzo para
llenar de luz cada lugar donde la tenga, gracias por esa sonrisa que sabes que
me encanta, aquella entre coqueta, juguetona, pícara, traviesa, que sabe que me
provoca. Gracias por volver a llenarme de tus besos, aquellos que me dejan sin
aliento, pero que al siguiente me lo devuelven con más fuerza. Gracias por
dejarme volver a ver lo maravillosa que es tu piel bajo la luz del atardecer.
Gracias por aceptarme, por confirmar cada segundo que mi mejor elección es
entregarme a ti, ser tuya en cuerpo y alma. Gracias por dejarme ser tu guía y
ser tú la mía, gracias por compartir tus sueños y hacerlos míos, gracias por
escuchar los míos y hacerlos tuyos. Gracias por estar aquí, en nuestro recuerdo
de hace 24 horas, dándome la mano mientras nos miramos, mientras una sonrisa no
es capaz de expresar la felicidad que sentimos, donde no queremos soltar las lágrimas
de emoción que nos invaden, solo para no mojar con ellas este recuerdo y
atesorarlo en nuestro espíritu como aquel momento donde la conexión entre tú y
yo se volvió a fortalecer, aquel momento donde podemos volver si nos flaquea la
voluntad, si la inseguridad nos domina y si la seguridad de que es lo correcto,
comienza a temblar. Gracias por comprobarme tus promesas, de que si te dejo tu
espacio a extrañarme y necesitarme, tarde o temprano lo harás, que no desespere
porque lo nuestro es eterno, porque el camino que recorrimos comenzó hace 31.286
horas y aún quedan más por recorrer paso a paso, de la mano tu y yo hacia el
infinito.
Hacia el infinito.