Es un caos, la penumbra, me persigue, me ahoga, hay tanto por qué vivir, luchar, caminar, pararme y continuar; pero a la vez tanto por lo que llorar, gritar, pelear… morir. Y aun así, aunque sea mas lo que me motiva, pesa el doble lo que me destruye.
¿A qué culpar? Al pasado, completamente, el pasado me tiene prisionera del dolor desde hace ya años, tanto que me acostumbre a vivir de él, a depender de él… y ¿Cómo no hacerlo? Si ignorara el pasado, no puedo vivir el hoy… Estoy viva hoy, ya que ayer lo estuve, si ayer no lo hubiese estado, hoy tampoco lo estaría. Para mí, el presente depende del pasado y el futuro… me da igual.
El dolor es tan parte de mi vida, está tan involucrado en mi forma de ser, de actuar, de vivir, que incluso llego a buscarlo, para sentirme viva, para sentir que sigo respirando, que sigo aquí y no he desaparecido. La paz me atormenta, me desespera, tantos años en dolor, sufrimiento sin pausa, que al sentirla, es algo incomodo, extraño, no mío.
Necesito aprender a vivir sin depender, sin depender de nadie, ni siquiera de mi misma, porque hasta yo me puedo fallar algún día. Me falla mi entorno, sea quien sea siempre puede llegar a fallarte, ¿Cómo no lo va a hacer uno mismo Si somos parte del entorno?
Los gritos no se oyen, el pozo se ha vuelto tan profundo, siempre que creo haber llegado al fondo y decir ‘Mas debajo de lo que estoy, no podré llegar’, se abre una grieta, que me hace caer, caer y caer, hasta volver a un tope, donde la historia se repite. Necesito una luz. ¡Tantas veces he creído ver luces falsas que desean sacarme de aquí, que ya no diferencio entre las reales y las imaginarias! ¿Quién sabe cuántas veces he dejado pasar la oportunidad de salir de la penumbra, creyendo que solo son ilusiones, espejismos de la vida traicionera.
No tengo mucho en qué creer, en esta oscuridad no existe un Dios al que se le pueda rezar para que cumpla tus deseos, en realidad no existe un Dios que lo haga, ni aquí ni afuera. Lo intenté, antes de caer.
Muchas veces he escuchado desde aquí, gritos de héroes con la intención de salvarme, me mantengo firme, fuerte, comienzo a escalar a subir, a salir, acercarme a voz… a la luz. Pero al llegar, me doy cuenta. No es mas que el viento o quizás las rocas, que me juegan una mala pasada. En otras ocasiones no son más que viajeros errantes que, en busca de su doncella a la cual rescatar, se acercan a la penumbra equivocada, maldita: Donde el que entra, sale lastimado.
Puedo compararme abiertamente con una rosa, linda apariencia, pero al tratar de sacarme para adornar una vida, clavo inconcientemente mis espinas en las manos de mi salvador, o en el peor de sus casos, en su corazón.
Entonces… ¿Qué hacer? Acomodarme, esperar, moldear las rocas como almohadas, sentir el frío como calor, el viento como amigo y la oscuridad como mi eterna compañera, hasta que aquel viajero, que espero con ansias, llegue a la penumbra adecuada.
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