Agudo frío de mediados de agosto,
te vas despidiendo de nosotros adorado invierno, dejándonos unos pequeños suvenires
para no olvidar como y cuan crudo fuiste este año. No reniego contra ti, pero
te has planteado la idea de aun con la primavera pisándonos los talones, te
recordemos y sepamos que no será tan fácil olvidarte y decirte adiós hasta un
año más.
¡Oh Luna Menguante! Anciana,
sabia, bruja poderosa. Todo lo que crece con tu fase doncella, termina contigo.
Tanta veces se llora observando tu rostro, tanto se ruega pidiendo a tu luz,
tanto dan tus mágicos rayos por cada ser humano que tarde o temprano llegas a
reclamar lo que es tuyo, lo pertenece a tu luz plateada de diosa. ¡Ay de
nosotros! Pobres mortales, que nos regocijamos tanto en tu fase creciente, con
el amor que se nos concede, con la energía desbordante que nos envías y con tu
manto protector que nos envuelve y nos resguarda junto a quienes amamos; para
llegar a tu fase de madre, Luna Llena que contempla satisfecha lo que su magia
ha creado. Pero no nos adviertes… que todo aquello que tu luz ha protegido y ha
resguardado con sabiduría, amor y pasión, menguará como o haces tú: lenta y
dolorosamente para quienes no estamos preparados. Energías que recaen, pasiones
que se duermen, lazos que se debilitan, se cortan o se separan, dolor
intermitente que punza, que arde, que quema y que mata. No eres culpable, es
solo que en nuestro estado aletargado de placer, no somos capaces de
comprender, de entender que como todo ciclo, llega a un final; y así también como
todo ciclo, que todo vuelve a comenzar. No sin antes pasar por la oscuridad, tu
invisibilidad, que aun sin verte y sin poder contemplar tu rostro, sabemos que estás
ahí, poderosa Luna Nueva protegiéndonos, cuidándonos, amándonos y guiándonos para
alcanzar lo que rogamos entre lágrimas y sollozos. Estamos en incertidumbre, no
sabemos si lo que ha menguado contigo en este ciclo y los ciclos anteriores, volverá
a crecer pasando tu etapa de purificación y renacimiento. Si unas cuantas veces
atrás ha sido así, ¿por qué ahora no? Y es que todo lo que tocas, todo lo que
tus mágicos rayos de plata logran alcanzar, cubrir y proteger, queda tan
enlazado contigo, que es inevitable arrastrarnos contigo en tus fases, expectantes
de volver a renacer y volver a regocijarnos del amor que tuvimos, volver a
bailar bajo tu luz, besarnos bajo tu luz, abrazarnos bajo tu luz y entregarnos
bajo tu luz, a ese, nuestro amor eterno que posee nuestros pensamientos. Amor
cuyo nombre tú conoces a la perfección, porque es el título de nuestros
sonetos, odas, poemas, oraciones, peticiones, canciones, danzas que sólo
compartimos contigo. Nombre de aquella persona dueña de nuestras sonrisas,
nuestras miradas, del brillo de nuestros ojos al buscarte y mirarte glorificada
en lo alto del infinito cielo nocturno.
Cruel invierno, traicionero
amigo. A ti, quien he otorgado mi lealtad, con quien me he sentido a gusto, en
paz. Has llenado de frío y congelado los más honestos corazones, los más
honestos sentimientos y emociones. Lamento no poder más que reprocharte,
odiarte quizás, por no albergarnos en ti de la misma forma que lo habías hecho antes.
Cuántos esperábamos tu llegada, para refugiarnos y abrigarnos en brazos de
nuestro amor, para unir nuestras manos y frente a frente en medio de la niebla,
buscar el calor y terminar encontrándolo en la unión de nuestros labios. Y ver
caer la noche, de igual forma acompañados por nuestra alma compañera, regocijándonos
y jugueteando con el vapor de nuestros labios al pronunciar cada palabra, cada “te
amo”, cada “te extraño”, quizás un “nunca te olvidaré” y un sinfín de promesas que
con el paso de los días quedaron tan congeladas como nuestras almas, nuestros
labios fríos, nuestras manos sin el par donde encontrar calor o nuestros
cuerpos, solos y resignados a buscar abrigo solo en la mayor cantidad de
prendas que nos pueda ayudar.
Noches eternas, dolor punzante.
Un vacío eterno que duele e ignoramos hasta cuando dolerá. Quizás eso es lo que
lo hace más duro, más cruel, no saber cuándo esta agonía terminará ¿hasta cuándo
tendremos que secar nuestras lágrimas solo con nuestras manos? ¿Hasta cuándo
será nuestra almohada nuestro hombro más fiel para llorar? ¿Hasta cuándo la inconmensurable
Luna será testigo de nuestro dolor? ¿Hasta cuándo nos verá mirarla con un
brillo diferente en nuestros ojos, un falso brillo proporcionado por nuestras lágrimas?
¿Cuándo podremos volver a sonreírle y bailarle con plena felicidad en nuestra
alma? Guíanos, ilumina con los pocos rayos de luz que aun te quedan en el final
de este ciclo y llévanos a sus brazos, a aquella alma dueña de nuestra locura,
dueña de nuestros sueños y anhelos. Está bien si quieres tomarte tu tiempo,
terminar tu ciclo y reencontrarnos cuando vuelvas a renacer, prestigiosa, magna,
brillante en lo alto del firmamento. Aquí estaremos esperando, porque almas que
ofrendan su amor sempiterno frente a tu luz, son almas unidas y consagradas por
tu excelsitud para el resto de la eternidad.
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